lunes, 13 de abril de 2020

Un año


Desde que dejamos de vivir en el tiempo circular para habitar el tiempo lineal, los seres humanos solemos crear efemérides, no sé si para recordar ciertos eventos o para calcular cómo nos vamos distanciando de ellos en esa línea cronológica imaginaria que rige nuestras vidas.
Hace un año estrenábamos Perro muerto en El Portón de Sánchez, de Buenos Aires.
Si bien el estreno "oficial" había sido unos meses antes, en diciembre de 2018 con una función única en el Espacio Callejón, todos los miembros de la compañía sentimos que esa experiencia, si bien positiva, estuvo lejos de ser la materialización de lo que queríamos mostrar, y nos pusimos como objetivo un segundo estreno, uno no-oficial pero sí más real para nuestras aspiraciones y motivaciones artísticas.
Aún así, ese estreno del 13 de abril de 2019 tampoco fue una cristalización a partir de la cual surgiera una serie de funciones repetitivas. Al lógico y natural desarrollo que atraviesa cualquier obra a lo largo de una temporada, se sumaron una serie de acontecimientos que hicieron de Perro muerto un material muy vivo y mutante.
La temporada en el Portón tuvo sus vicisitudes, sus altibajos, sus dificultades. Pero también nos consolidó como grupo, perfeccionó el material y nos motivó a seguir trabajando.
Siempre concebimos a Perro muerto como un proyecto nómade, nunca nos proyectamos atarlo a una temporada y a una sala, pero no imaginábamos que se convertiría en el material de exploración y variación que terminó siendo.
Luego del Portón vino una versión de gira, reducida al minimalismo más extremo, lo que nos permitió, además de mostrarla al público de DocumentA/Escénicas de Córdoba, descubrir y llevar al extremo algunos de los elementos más esenciales de la obra y de la puesta. Como si hubiéramos hecho un destilado del material.
Y la obra mutó nuevamente, esta vez para pasar al espacio abierto del Jardín Botánico de Buenos Aires. Del minimalismo casi oriental que todos observaban en este espectáculo, pasamos a ser como el vestigio de una compañía trashumante de otros tiempos, que instaló su tabladillo allí donde encontró un lugar y un público que escuchara su cuento. Esa versión de espacios abiertos, montada en un espacio público, prácticamente sin restricciones de ingreso ni de paso, sin límites precisos entre Jardín Botánico y "lugar donde se presenta una obra", puso a prueba otros elementos del material, otras capacidades de los actores, otras miradas del equipo de dirección, y otra relación con el público.
Esa experiencia en el Jardín Botánico, en diciembre de 2019, fue hasta el momento la última expresión de Perro muerto. Y digo "hasta el momento", porque estoy seguro de que el material encontrará nuevas maneras de reinventarse y circular, como lo ha hecho hasta ahora.
Varias situaciones hicieron que el trabajo quedara en suspenso en estos meses, suspenso aumentado por el confinamiento actual. Y es eso, el destino no ha hecho más que crer suspenso sobre lo por-venir. Un tiempo para resonar desde nuestro silencio y nuestro encierro− con lo que verdaderamente estamos destinados a hacer. El oráculo del I Ching lo resume en una frase: "La serena espera de lo supremo".
Sumergida en esa serena espera, y con agradecimiento por lo ya hecho, la compañía Omnívoro Teatro vive hoy la expectativa humilde por lo que vendrá.


Martín Tufró